Mi vida errante

cha cháaaan

lunes, diciembre 12, 2011

Tomás

(Cuento)


Hoy nace mi hijo y aquí, en la sala del hospital, aún sigo pensando qué nombre ponerle. Mi esposa, que me pidió estar en la sala mientras dura el parto, quiere llamarlo como yo, pero yo aún pienso si quiero que él pase lo mismo que yo he pasado. Considero, si acaso, llamarlo solo con mi segundo nombre, que no desentona con mis apellidos. ¡Qué sería de mi nombre si no es por el segundo!

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Dicen que el nombre de una persona determina su carácter y su manera de actuar. Que "Rodrigo" es fuerte y "Emmanuel" es afeminado. Que "Julián" es bondadoso y que "Gabriela" es tenaz. Yo no creo en eso. Creo que si en algo puede influir el nombre es en la consecuencia de tenerlo. En la infancia, la marca de tu nombre determinará qué tanto los demás compañeros se burlan de ti y qué tanto sorteas esas burlas. Qué tanto puedes disimular que no sabes decir tu nombre, qué tanto sufres con él o qué tanto te gusta o te conformas: en la infancia no puede uno entablar un juicio para cambiárselo.

Sé de antemano que no quiero que mi hijo tenga uno de esos nombres que no se han españolizado como Irving o Edwin, ni un nombre que tenga réplica española como John en lugar de Juan, o Michael en lugar de Miguel, ni un apellido como nombre como Goretti, Robinson, Darwin, Nobel, Bach. No, esos nombres no van con mi apellido, por demás español. Cuando le dije a mi padre que no le pondría un nombre de estos su rostro se descompuso: él ostenta un nombre de ese estilo. Sin embargo, lo aceptó y se ilusionó, pues a pesar de que su nombre estaba por demás descartado, nada impedía que yo siguiera con "la tradición familiar".

Pero llegó el día en que le dije que no lo haría, que su nieto llevaría un nombre común y corriente, de aquellos que no hacen grandes olas y cuyos portadores pueden llenar hojas y hojas del directorio, un nombre como Carlos o Juan Manuel, y sobre todo, que lo elegiría al azar o por honrar a gente conocida y no por seguir su tradición. Jamás lo había visto llorar antes. Como dije, no creo que el nombre per sé le dé el carácter a una persona, pero sí las consecuencias de llevarlo.


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Mi abuelo nació en Veracruz en 1919. Los domingos después de misa, cada dos semanas, era obligado ir a ver el partido del Sporting de Veracruz, el equipo de la fábrica donde trabajaba mi bisabuelo, Don Carlos López. Así fue hasta quince años después, en que Don Carlos decidió irse a Guadalajara, donde su hermano estaba empezando a hacer buen dinero y necesitaba alguien que manejara una sucursal de su abarrotera, que venía creciendo de unos años para atrás. Como aficionado del fútbol, y como el clasemediero en que se convirtió, mi abuelo decidió apoyar al Atlas. En 1943, el mismo año en que se casó mi abuelo, el fútbol mexicano se profesionalizó, mi abuelo resultó tener dos equipos: los Tiburones (resultante de la fusión del Sporting de Veracruz) y el Atlas. Él siempre me decía que cuando Atlas y Veracruz se enfrentaban, el resultado no le importaba, cosa que no era del todo cierta. Siempre he pensado que era más atlista que tiburón.

En esos años en que las familias tenían muchos hijos, a la gente se le acababan los nombres, después de los primeros dos hijos, comenzaban a buscar fuentes de nombres. Sociedad más católica y nacionalista la de antaño, sus integrantes buscaban los nombres en calendarios y en los héroes que nos dieron patria y los que habían cambiado al país unos años antes. Mi abuelo que había sido el quinto de once y había corrido con suerte, se llamaba Emiliano Mateo. Sin embargo, reconocía que algunos de sus hermanos tenían nombres que, pese a su santidad, eran horribles. Como sea, siguió la tradición, hasta sus últimos dos hijos.

Mi tío Luis lleva ese nombre en honor al "Pirata", símbolo de los Tiburones, quienes se coronaron unos días antes del nacimiento de mi tío. Mi abuela discutió un poco el nombre, pero al final no había tanto problema por ser un nombre común.

El 22 de abril de 1951, Edwin Cubero anotó el penalty más importante de su vida y la de muchos. Ese penalty dio a mi padre el nombre de quien anotó el gol solitario que le dio la única estrella hasta hoy al escudo del Atlas. Mi abuela discutió ese nombre con más recelo, pues Edwin no es un nombre que se acostumbre en México y menos en aquellos años. Sin embargo, nadie podía quitarle la euforia a mi abuelo, quien una hora después de ver a su equipo campeón, veía nacer al que sería el último de sus hijos: "es una señal, Sofía". Mi abuela aceptó. Nunca antes en la familia había aparecido un Edwin, Erwin, John, Darwin, Róbinson o similar y de no ser por una excepción, podría decir que "nunca después". Mi abuelo jamás volvió a ver campeón a ninguno de sus equipos.

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Tiempos diferentes aquellos en que no bastaban los dedos de una mano para contar a los hijos, el negocio tenía que pegar, y si pegaba, hacerlo crecer lo suficiente para mantener a todos los vástagos, primero a los hijos y posteriormente a los nietos. Mi bisabuelo y su hermano siguieron abriendo tiendas por todo Jalisco, cada tienda tenía como gerente a un López, hijo de mi bisabuelo o de su hermano.

Se podrá hablar del machismo mexicano, sobre todo en otros tiempos, y sí, las mujeres no tenían gran opción en algunos asuntos, pero en otros no había ni hay cosa más poderosa que la petición de una esposa. Así sucedió en la familia. Mi abuela había vivido buena parte de su vida en Guadalajara, pero otra buena parte en Tula, Hidalgo, de donde era su familia. Como en la familia de mi abuelo, algunos de sus hermanos se habían quedado en Tula cuando la de ella se mudó, los que ya tenían familia y trabajo. Otros regresaron con el tiempo, pues se habían mudado a Guadalajara en una edad en la que estaban por salir del núcleo familiar, y en cuanto pudieron, regresaron. Mis bisabuelos, hidalguenses, cuando se vieron retirados y lejos de la mayoría de sus hijos, decidieron volver a su Tula querida. Cuando murió el padre de mi abuela, ella le pidió a mi abuelo que se mudaran a Tula, o a Pachuca, más cerca de su madre. Tras un tiempo, mi abuelo accedió. Con el apoyo de la familia, y con algo de su dinero ahorrado, tras años de administrar una de las sucursales de la tienda, mis abuelos dejaron Guadalajara y pusieron una abarrotera en Tula. Mi padre, que tenía ocho años, se fue con ellos.

Para ayudar con la integración de mi padre en la nueva ciudad, y siguiendo el consejo y apoyo de uno de los hermanos de mi abuela, que trabajaba en la cooperativa, mi abuelo inscribió a mi padre en una escuelita de fútbol de la Cruz Azul. Para mi abuelo, la Cruz Azul sólo significaba cemento. Aún veían al Atlas los fines de semana y mi papá era atlista. Situación que cambió pocos años después, en que la Cruz Azul construyó el estadio y se inscribió en la división de ascenso del fútbol profesional. Los esfuerzos de mi abuelo por que mi padre conservara su atlismo se veían golpeados día a día. Finalmente, el día que los celestes finalmente llegaron a la Primera, el cariño que le tenía al Atlas cambió a ser sólo un recuerdo, algo así como el cariño a una exnovia. Su Nuevo Amor era el Cruz Azul.


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Don Emiliano se retiró a los sesenta y seis años. Tenía suficiente dinero ahorrado para viajar y vivir tranquilo veinte años más con mi abuela. Él decía que ella era "la verdadera ganona", pues mi abuelo planeaba morir de un paro respiratorio a los setenta y dos años: acostarse una noche y no despertar. La muerte que todos soñamos, conforme envejecemos es más bien un capricho. Hombre de la vieja guardia, a Don Mateo no le interesó conocer otros países a esa edad. Utilizaban sus ahorros para visitar a sus hijos, dispersos en cinco estados de la República, y quedarse por dos o tres semanas con ellos. Solía viajar en viernes, lunes o martes, para asegurar que no se fuera a perder el partido de sus zorros, a quienes todavía se tomaba el tiempo de ir a ver cuando pasaba por Guadalajara en temporada regular: a mi abuelo no le gustaban los amontonamientos de la liguilla.

Entre los hermanos de mi papá, sólo mi tío Luis, quien tenía la misma marca que mi padre, seguía religiosamente la liga. Este hecho facilitó la vida de mi abuelo, quien cuando se retiró, no tuvo grandes problemas en turnarse entre Veracruz y Monterrey para ver las finales. Hubiera sido un problema si los demás hubieran tenido el mismo gusto.

Cuando Cruz Azul logró su primer título, mi padre estaba por irse a estudiar a Monterrey. Se fue con la excusa de que los planes de la UANL le parecían mejores que los de la UNAM. En realidad, su novia de entonces, regiomontana de nacimiento, se mudaría: sus padres, que siempre habían querido volver, finalmente tenían la oportunidad, bajo el cobijo de la Cuauhtémoc, que le había ofrecido un puesto al señor. Mi padre se inscribió en la UANL e inició sus estudios en 1969. A poco de empezar la escuela, a invitación de sus nuevos amigos, mi padre empezó a frecuentar el estadio para apoyar a los Tigres por su paso en la segunda división, que no hacía mucho habían recobrado el nombre de Tigres y el patrocinio de la universidad. Así pues, mi padre empezó a seguir tanto a su Cruz Azul como a nuestros Tigres.

Entre sus visitas a Monterrey, mi abuelo nos contó que entre juegos y no tan juegos, cuando mi padre estudiaba la carrera e iba de vacaciones a visitarlos, le habría reclamado por su nombre: "de perdida fuera por un equipo ganador como Cruz Azul". Es comprensible, para entonces Cruz Azul estaba en su mejor momento.

Mi padre acabó la carrera en 1974 y obtuvo un trabajo en lo que hoy es Banorte. Ese mismo año, el mismo día que Cruz Azul ganó su quinto título, los Tigres ascendieron. Ahora tendría dos equipos en Primera, al que había seguido toda su vida y al que había adoptado en su nueva ciudad.

Como dos años después la máquina de títulos azules seguía atorada, mi padre, que había pensado que seguiría la tradición de mi abuelo, nombrándonos como las estrellas cruzazulinas, pensó que quizá no era la mejor opción: "¡qué tal si Cruz Azul no vuelve a ser campeón y mis hijos cargan con el mismo estigma que yo!" No era tan importante, pues ni siquiera estaba casado. En esa sequía conoció a mi madre. Se casaron en 1978. El verano de ese mismo año, los Tigres le ganaron una final al Cruz Azul. No le dolió tanto y los universitarios le mostraban que, en efecto, quizá no era tan acertado usar al equipo de sus amores para nombrar a su hijo.

En 1979, mi madre perdió a su hijo, tras un embarazo complicado. Si era hombre, se llamaría Emiliano, como mi abuelo; si era mujer, Mariana, como mi madre. Ese año, Cruz Azul volvió a la senda del triunfo, una vez más mi papá reconsideró llamar a su hijo como una estrella del Cruz Azul. No era algo seguro: "un campeonato no significa que vayan a ser campeones siempre". Un año después, el 13 de julio de 1980, mi madre estaba a pocas semanas de dar a luz. Dos campeonatos sí dan más seguridad. Ese día se decidió el nombre del primogénito: Miguel Rodolfo, por Rodolfo Montoya y el Gato Marín. Cruz Azul conquistaba otro título de liga. Un mes después nació mi hermana. Ni Miguela ni Rodolfina eran nombres adecuados. Mi padre consideró "Michelle", ya he dicho que a mí no me gustan los nombre no españoles, pero soy diferente a mi padre, Edwin, además que su intención era honrar al Gato Marín. Al final, mi padre decidió un nombre que le recordaría más a su equipo y su pasión que cualquiera de los otros: Azul.

Mi padre le inculcó a mi hermana el amor por la camiseta celeste y, con ese amor, mi hermana ha sufrido siete subcampeonatos de su equipo, de los que recuerda seis con claridad. Sin embargo, también ha visto a su equipo coronarse. Ese día lloró y agradeció su nombre a mi padre. Mi padre, a su vez, volteó a ver a mi abuelo, sentado en el sillón individual de la sala y, tras diecisiete años, le pudo repetir: "¿ves?, un equipo ganador como el Cruz Azul". Se rompía una sequía de diecisiete años (quince para la familia) y, por un tiempo, desaparecieron los fantasmas que perseguían a mi padre. Parecía que una nueva época empezaba.

Mi sobrino nació hace dos años, se llama José Carlos, en parte por su padre, Carlos Andrés, y en parte por Hermosillo. Mi cuñado quería llamarlo José Manuel, igual que su padre, y de ahí que se quedara como José Carlos en lugar de simplemente Carlos. Tanto Andrés como yo, pensamos que Carlitos debe más su nombre a Hermosillo que a él, quien prefiere que lo llamemos Andrés, "porque es más original". En contadas ocasiones he oído que mi hermana lo llame Carlos, y de estas, sólo recuerdo el día que dijeron sus votos en el altar y mi hermana usó los dos nombres de Andrés.


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Me llamo Miloc Tomás López Ramírez y prefiero que me llamen Tomás. No lo digo porque no sea tigre, que orgullosamente lo soy, sino que, como ya dije, estoy en contra de los nombres esotéricos o de usar apellidos como nombres. A diferencia de mi hermana, yo no he visto campeón a mi equipo y no he podido regocijarme de mi nombre aún. El día que tanto Tigres como Cruz Azul llegaron a la liguilla en muy buenas posiciones, ambos nos ilusionamos con una final: desde niños habíamos soñado una final en que no importaría el campeón, uno de nosotros sería muy feliz, una final como la que le dio su nombre a ella. Hace unos días, Morelia dejó a Cruz Azul en el camino, igual que hace seis meses. Ambos sentimos tristeza por la eliminación de Cruz Azul. Mi hermana, una vez más, lloró amargamente una eliminación. A pesar de que sí estaba triste por la descalificación de los azules, una parte de mí se regocijaba de la descalificación pues, como es de pensarse, mi segundo nombre es por el actual entrenador de Morelia: Tomás Boy. Unos días después, mi hermana confesó que una muy pequeña parte de ella había sentido algo de gusto por esa misma situación. Días después, Santos bajó a Morelia de la final.

Tanto mi abuelo como mi padre, hoy podrían presumir los campeonatos de la Copa México. Sin embargo, mi abuelo jamás la siguió. Sé que le dio gusto cuando Atlas la ganó en los sesentas, lo mismo que a mi padre cuando la ganaron Cruz Azul y Tigres en los noventas, pero no es lo mismo. Mi abuelo heredó ese desdén por la Copa a mi padre. La veían como el premio de consolación para los que no podían ganar la liga, algo así como otro segundo lugar. Quién diría que después de los reproches medio en juego y medio en serio que mi padre hizo a mi abuelo, aquellos donde le decía que "de perdida hubiera sido un equipo ganador", podían heredarse. Los mismos fantasmas que persiguieron a mi padre hasta el 97 siguen persiguiéndolo. Van catorce años y contando.

Mi abuelo murió en marzo de 2001, tras una breve lucha contra el cáncer de hígado. A su edad, ya no esperaba ni le interesaba tanto salir vivo de esa lucha. Una parte de él había muerto dos años antes, el día en que Toluca ganó su quinto campeonato. Tras el disparo del "Jerry" Estrada, miró al techo y murmuró desilusionado: "¡esto es lo más que llegaremos!" (sic). Al bajar la cara, se secó los ojos. En medio de la impotencia y la tristeza, mi abuelo se quitó su camisa a cuadros y se puso una playera que decía "Atlas Campeón 51/99". Los años siguientes sucedió lo inédito: mi abuelo se perdía los partidos del Atlas. Aún seguía la liga, aún seguía a su Atlas, según nos ha dicho mi abuela, todos los lunes se sentaba a leer la sección deportiva del periódico, mas no era lo mismo. Poco antes de morir, llamó a mi papá: "Edi, para mí fueron campeones." Murió unas horas después. En ese momento pensamos que desvariaba, ¡quién en su lecho de muerte se pone a pensar en un partido de fútbol y de hace dos años! Solo mi padre, que fue el primero en desacreditar sus palabras, lo había entendido. Tal era su amor por ese equipo que, si él viviera hoy, lloraría cada que tomara el periódico para leer los resultados de la jornada y ver a su Atlas en picada.

Esas palabras calaron hondo en mi padre, quien al parecer lo desacreditó solo para tratar de alejar lo que se convertiría en un fantasma más, y no lo sentía tanto por él o por mi hermana. Mal que mal, él había visto a sus dos equipos ser campeones en múltiples ocasiones. Lo sintió por mí: solo he visto a los Tigres levantar la Copa de la Consolación y como es de pensarse, solo sirvió para ilusionarme.


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En realidad, sobra profundizar sobre el origen de mi nombre, pero lo haré para que no quepa duda alguna. Corrí con una suerte similar a la de mi padre, quien ya de por sí tenía intención de honrar a la ciudad donde nacimos sus hijos, ciudad que tanto le había dado para cuando yo nacería. Por la experiencia de la improvisación en el nombre de mi hermana, mi padre consideró que en lugar de improvisar, bien podría pensar en un nombre de una vez. Por su cabeza pasó que si yo nacía mujer me llamaría Hylsina o Alfania, entre otros nombres horribles que no lo convencían. Igualmente, consideró llamarme Bárbara o Brenda, pues a pesar de que recordaba unas pocas compañeras de clases que ostentaban esos nombres en el D.F., también recuerda que cuando llegó a Monterrey, notó que las Bárbaras y Brendas se multiplicaron, mi abuela, por ejemplo, se llama Bárbara Mariana. Sin embargo, esos nombres no traían la marca del norte impresa y el hecho de que fueran más abundantes en Monterrey que en Hidalgo, no los hacía más norteños. También pensó en Leonela, porque Neoleonela estaba demasiado feo, pero tampoco estaba convencido. No fue sino hasta que llegó a los regiomontanos ilustres que pensó en nombres más decentes, y que además tenían formas tanto masculinas como femeninas. Era entonces más fácil decidir entre Eugenio(a), por el Sr. Garza Sada, Alfonso(ina) por Alfonso Reyes o Gabriel(a) por Gabriel Zaid que por los nombres de las empresas regiomontananas.

Mi madre estaba programada para dar a luz entre el sábado 5 y el domingo 6 de junio de 1982. Yo me llamaría Eugenio si nacía varón o Brenda Eugenia si nacía mujer. A mi padre se le hacía que no había quien representara más a la ciudad que Don Eugenio Garza Sada. Sin embargo, el destino jugó sus cartas, como las había jugado 31 años antes, cuando nació mi padre. Nací el domingo, ese día era el partido de vuelta de nuestros Tigres, y ganaron. Súbitamente, mi padre decidió que para representar a esta ciudad y lo que ella le había dado, no había mejor manera que nombrarme en honor a los inmortales felinos, dos años antes, solo hubiera festejado el triunfo universitario y hubiera nombrado a mi hermana con algún nombre convenido. Sus horas de reflexión de los días anteriores se habían ido al caño, ya no importaba el espíritu de trabajo de Don Eugenio, por ahora solo importaban la elegancia de Tomás Boy y la táctica de Miloc. Eugenio Garza Sada había pasado de ser "el espíritu de trabajo" a "un generador de burgueses y pirrurris".

Pese a que no me gusta nada llevar un apellido por nombre, a veces doy gracias a dios por haber sido varón, pues la improvisación le había traído la loca idea de llamarme Estrella Tomasa en caso de ser mujer. Sí, Estrella por la nueva estrella del escudo. Mi mamá me ha dicho que mi padre le dijo que en esa improvisación se le ocurrió también Felina Tomasa. Del mismo modo, me ha dicho ella que cuando finalmente mi padre entró a la sala donde ella estaba, me tomó en sus brazos y me llamó por mi nombre: Miloc Tomás. Ella, cansada como estaba, solo atinó a decirle: "nadie en mi familia se llamará Miloc, es un apellido." Mi padre la miró, con sus ojos inundados, y le contestó simplemente: "es una señal, Mariana." Lo mismo que mi abuelo había dicho treinta y un años antes. Mi madre aceptó.

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No es sino hasta que uno llega a la pubertad que se da cuenta de que su nombre es un apellido. Cuando era niño, era un orgullo llamarme así, por el Héroe Tigre, pues así como a mi hermana le inculcó el cariño al Cruz Azul, a mí me inculcó el cariño a los Tigres, él ha querido sortear los estigmas que él tuvo en su vida, y entre ellos cuenta el de honrar con su nombre a un equipo del que no está del todo orgulloso.

En la primaria, todos mis maestros me llamaban Miloc, lo mismo que mis compañeritos. Solo mis profesores rayados me llamaban Tomás. En la casa, en cambio, todos me llaman Tomás. Sólo mi padre usa los dos nombres indistintamente y, cuando me presenta con sus amigos, se infla de orgullo y usa ambos. En quinto de primaria me empecé a avergonzar un poco de llevar un apellido como nombre y cuando hacíamos la dinámica de presentarnos empecé a usar "Tomás", un esfuerzo insuficiente, pues a la gente se le queda más grabado el nombre de Miloc, por ser diferente, sumado a que la gran mayoría de mis compañeros me conocían desde primero. Además, no porque yo quisiera dejar de usarlo, mis maestros serían menos tigres.

Al llegar a secundaria, hice el intento nuevamente, ante un auditorio nuevo. Pocos de mis amigos de primaria se quedaron en la misma escuela, y llegaron al mismo salón que yo. Mismo resultado. Cuando a la mitad del año todos me llamaban Miloc, pensé que era injusto que yo esperara que me llamaran Tomás, cuando todos llamábamos "Pelón" a José, "Chino" a Raúl, "Negro" a Marco y "Gordo" a Rafael. Mi nombre era mi apodo y era un buen apodo. No me sentí orgulloso de él, no decidí que mi hijo se llamaría como yo, y menos cuando llegaba algún desconocido a preguntarme cuántos años llevábamos sin ganar. En esos momentos era que mi apodo se volvía un poco fastidioso, más cuando era un maestro el que hacía el chistorete. Por otro lado, también llegó a ser un ventajoso para mí y para mi salón llamarme así, pues no por llegar a secundaria dejaban de haber profesores futboleros. Hoy gracias a él no puedo decir que me faltaran horas libres o tardes sin tarea, pues no faltó algún profesor que tras terminar de pasar la lista, se regresara a López Ramírez y decidiera que ese día convenía más hablar de las hazañas de Tomás Boy con la playera verde, o del equipo que había conquistado dos torneos unos años antes, en caso de profesores que fueran mis correligionarios auriazules.

Cargué con ese apodo hasta la carrera. Yo seguía diciendo que me gustaba que me llamaran Tomás, pero ya para entonces me era indistinto. Lo hacía más para que la gente tuviera nota de que tenía dos nombres.

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Sé que a mi padre le dije que no seguiría su tradición, pero de cuando en cuando, la tradición coquetea con el nombre de mi hijo. A veces por pura exposición de los nombres, más que por honrar a mi equipo. Hace unos días que Damián Álvarez metió un gol de antología, pensé en el nombre de Damián y el miércoles él mismo metió el gol que nos tiene a un paso de ser campeones. No, no es mi intención decirle a mi hijo que se llama así por "el Enano", al final de cuentas, identifico más a "la Chilindrina" como símbolo del Pachuca. Sin embargo, Damián es un bonito nombre, el Enano solo le dio exposición. En caso de querer honrar a mi equipo, Lucas sería un nombre más adecuado. Lobos es símbolo indiscutible de los Tigres hoy en día. Empero, Lucas es un nombre que no me gusta. Sólo en sudamérica lo usan. Creo que ahí es donde la honra de mi equipo cobra importancia: llamar a mi hijo por mi equipo, más que por mí mismo.

Aunque mi esposa quiere llamar a mi hijo como yo, me ha dicho yo elija el nombre, siempre y cuando no le saque una nacada como el de mi papá, o el de Walter, que por cierto me acompañan aquí en la sala. El único nombre de ese estilo que acepta, es el mío.

Gracias a Walter, fue que descubrí que a mi abuelo, paradójicamente, tampoco le gustaban los nombres no españoles. Cuando un día que estaban de visita y llegó Walter, mi abuelo torció la boca con desaprobación cuando se presentó. Walter no le dio importancia, sobre todo porque lo trataron con amabilidad. Cuando Walter salió de la casa, mi abuelo me llamó: "¡quién le pone Walter a su hjo!" Mi respuesta inmediata fue igual a su exclamación, pero usando el nombre de mi padre. Sé que en el momento vi esa respuesta como un grave error, pues tuve que fumarme la gesta del 51 del Atlas una vez más. Hoy recuerdo ese día con bastante gusto.


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Walter, que solo estaba ahí para acompañar a Miloc, y por ende tenía la mente más despejada, había llevado, además de su computadora, lo necesario para conectarla a una televisión, si es que la había, en caso de que hubiera que ver el partido en la sala y que no lo transmitieran. Siempre hay una página en internet con la buena intención de transmitir el fútbol. Cuando el partido empezó, los demás que estaban en la sala, lo notaron y, tras un rato, conectaron la computadora a la tv. Así, una buena parte de los que estaban en la sala, olvidaron sus nervios y otros sus enfermedades. En ese momento solo importaba lo que hicieran los Tigres. Sólo algunos se mostraban indiferentes ante el partido.

Tras un partido sufrido, los Tigres eran campeones después de veintinueve años. Miloc estalló en llanto cuando Danilinho metió el gol que aseguró el campeonato, y una vez más cuando el árbitro pitó el final del encuentro. ¡Era el día más feliz de su vida! Nacía su hijo y veía campeón a su equipo. Unos minutos después, cuando finalmente los Campeones levantaron la copa y un torrente de lágrimas volvían a brotar de sus ojos, una enfermera lo llamó: "Señor, disculpe, ya nació su hijo".

Tomás entró corriendo al cuarto donde estaba Lorena, Don Edwin y Walter se quedaron en la salita. Lorena lo miró, cansada como estaba, y lo notó lloroso.

-¿Cómo nos fue?, ¿perdimos?
-Lore, ¡somos campeones! -Sonrieron.
-Mira, tu hijo. -Le entregó al niño. Miloc lo cargo en sus brazos y lo miró a los ojos con ternura mientras sonreía, con sus ojos vidriosos. No cabía duda que era el día más feliz de su vida.
-Lucas Tomás.
-¿Lucas?, ¡Miloc, qué son esas chingaderas?
-No son chingaderas, cariño,
es el destino.

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miércoles, julio 14, 2010

Templanza

En general, hay dos maneras de perder y ambas las he conocido en la vida, y pese a todas las veces en que he perdido en algo, lo que sea, no me gusta perder. Sé cual me gusta menos: enojarme y jurar no volver a jugar al billar, que para algunos es patear la mesa, llevarse el balón, renegar de todo y todos. La otra, la digna, consiste en guardar todos tus impulsos, levantarte del juego, sonreír y felicitar al ganador. A priori es más desagradable, pero en el tiempo es la mejor, quizá no te rías de ella cuando la veas a toro pasado -siempre será más jocoso recordarte diciendo que fue el árbitro, o que no les marcaron, pero si de algo estoy convencido es que no te avergonzarás de eso mismo.

Con el tiempo, creo, empecé a medirme un poco más, y a perder de buenas aún teniendo ese Odio terrible por la derrota, sí, aún cuando pierdo en un arte que no domino la situación me corroea, pero lo mejor es, al final, una sonrisa, "he de ganar experiencia". Te levantas, sonríes, felicitas a los implicados y buscas ser objetivo al opinar. No escuchar, en esa ocasión al sentimental-impulsivo, que en esos momentos se vuelve el yo amargado y nefasto.

Así pues, cuando se aparecen esas parejas de desilusiones, lo que queda es sonreír, bromear, dar las gracias y levantarse de la mesa, así el estómago pida a gritos la solución a tus preguntas. Escucha al yo razonable, que para triste mal siempre tiene razón, pero que en esas situaciones es bueno que la tenga.

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Cascadas

Generalmente, mi mamá dice que "las bendiciones (le) llegan en cascada", refiriéndose a que a ella siempre le va bien, o que cuando le va bien, TODO le sale. Debe ser ella muy optimista o yo muy pesimista o muy dramático: en mi mundo, generalmente no pasa eso; es más, no sólo no pasa, sino que NO PASA. Acaso si pasa es a la contraria y, de buenas, no es en cascada: las desilusiones, tristezas o preocupaciones (o mezclas) vienen de perdida de dos en dos o de tres en tres.

Volviendo al pesimismo, pudiera ser un problema de gusto. Es quizá que mi vida sea tan fácil que ante cualquier punto negro, en lugar de darle la vuelta como le hago a situaciones que se me compliquen en la vida laboral (o académica en su momento), decida tomar tal situación y darle todas las vueltas posibles y, con ello, quizá más importancia o interés del que realmente mereciera. Esto, quizá a fin de aferrarme a una situación que a futuro me ponga a pensar que mi vida valió de algo o para aprender de ella y "ganar la experiencia" que tanto decía mi tía cada vez que perdía el equipo de básquet en que participábamos mi primo y yo -por cierto el 90% de los partidos. Vaya, de algo pequeño sacar algo grande.

En ese momento (en que aparece una situación) es que generalmente se enfrentan al menos dos de mis "yos", siempre vecinos de aquellos que sólo se hablan cuando necesitan participar de un asunto: poner un muro en la avenida, un tope, reclamar al municipio, pedir una tacita de azúcar. Todos los vecinos participan siempre en la fiesta de mis yos, pero aquellos dos son especiales, siempre antagónicos, en la mayoría de las situaciones conviven entre ambos con la misma hipocresía de un par de políticos que van por La Silla, dentro del mismo partido. Sin embargo, en ciertas situaciones muestran sus dientes el uno al otro, discuten, vociferan, agitan sus brazos; todo para que, como generalmente, aquél que vio las cosas desde un punto de vista más amplio, simple y basado en el mundo y la lógica, y no sólo en confiar y/o querer confiar -el sagaz, el que cuestiona y probablemente puede generar problemas-, tenga al final la razón.

Y no sólo se sabe victorioso sino que, como todo mal ganador, al final de su cruzada señala al otro, se burla y le dice "¿Ves? Tenía razón" todas las veces que puede mientras el más amable sólo puede responder "Yo tengo fe", a modo de consuelo y confiando en que en alguna de esas malasapuestas él podrá reprocharle al primero, sólo quizá menos burlón -al amable, si las cosas marchan bien, realmente le importa un rábano que el sagaz haya tenido razón al principio, al final todos salen beneficiados.

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miércoles, junio 02, 2010

Las Velas

No fue sino hasta el fin de semana que conocí un pastel con velas nuevamente y es que, como dice una amiga, un cumpleaños sin pastel no es un cumpleaños. Por otro lado, no recuerdo si siempre que he comido pastel le hayan puesto velas.

Como cada quien tiene sus creencias, y la común de todos es pedir deseos al apagar las velas, este pastel, que tenía 3, para el interlocutor tenía tres deseos (y si no pedía era de mala suerte), de los que me sobraba uno. Para pronto pensé en dos.

Mala suerte, pareciera haber pedido lo opuesto. No sólo no se me cumplieron, pasó lo opuesto apenas un rato después.

(esto lo anoté después de mi cumpleaños 25)

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jueves, abril 08, 2010

Pitufina

La última vez que vi a Pitufina, me enamoré de ella.

Todo pasó un sábado, creo que era 27 de febrero, día de la expulsión de los franceses de Tabasco. Desperté sonriendo, porque medio recordaba que había tenido un sueño placentero. Sin embargo, a pesar de mi sonrisa, sentía un hoyo en el pecho, como si algo me faltara. Me levanté, me medio lavé los dientes para ir al seven eleven a comprar unas chokis para desayunar y, cuando iba a ponerme la playera, noté algo raro en mi pecho, justo a mi derecha de mi pezón izquierdo. Ahí se veía la piel como amaderada, un efecto raro. Parpadeé y seguía ahí. Con el índice derecho rasqué mi cuello, cerca de la oreja, y luego lo llevé al punto donde "tenía madera". No, no era madera, se sentía como piel normal, sin embargo, en alguno de los movimientos que hice noté que la luz cambió. "No puede ser". Giré y sí, efectivamente, era como si allí hubiera una especie de pedazo de mi cuerpo por donde la luz atravesaba al otro lado. Es difícil de explicar. No veía mis vísceras, veía el otro lado: el piso, el clóset, mis zapatos. Fui al espejo y, efectivamente, en el reflejo veía el marco de la puerta que da a la recámara y la horrible pared color guinda.

Aún sorprendido, me puse la playera, un pantalón y mis tenis negros con vivos amarillos. Al final fui a la tienda (Kava) porque recordé que en el seven las galletas son más caras. En el breve camino entre el seven y la casa, sólo dejé de tocarme la región de la playera que caía sobre el fenómeno cuando metí la mano derecha a mi bolsillo para sacar dinero. Regresé, comí mis galletas y me acosté en la cama. No me dolía nada, pero me sentía desvelado. Me puse a pensar en qué había hecho la noche anterior y recordaba que había llegado del trabajo y había salido. Recordaba el café iguana y ¡recordé haber visto el reloj a las 3 de la mañana, subido en el taxi! "Qué raro, no recuerdo el lapso entre la 1 y las 3:30". Más raro era porque no había tomado más que un trago de una cerveza ante la insistencia necia de uno de mis cuates. Por otro lado, y sin saber por qué, empecé a recordar mi sueño.

En algún lugar oscuro, probablemente ya no el café iguana sino el Mc, alrededor de la 130, vi a una chica azul, pequeña, de cabello negro. Llevaba zapatillas doradas. Por curiosidad, le pregunté su nombre y me dijo que le dijera Pitufina, Smurfette, Puffette, como le quieran llamar. Se me hizo chistoso que insistiera en la patraña de que ella era azul y una pitufa y no le creí sino hasta que me hizo notar que abajo de sus uñas su piel también era azul. Sorprendido y fascinado, seguí platicando con ella. Insistió en que hiciera el intento de bailar, y como me pareció divertida y me gustó mucho, lo hice. "Pero has de tener unos cincuenta años" "ay, noo, no digas eso, en realidad somos varias y ese es como un apodo común, como su 'chamaco', pero llámame así, está chistoso" No recuerdo mucho de la plática, más allá de que "Te voy a decir una cosita, no somos tan pequeños, pero es un poco, creo, como un estereotipo, porque sí somos chaparros" Estuvimos en el bar hablando naderías, las suyas eran divertidísimas o las hacía sonar así, entre yesbienchidoporques y tevoyadecirunacositas. Tenía también un lado dulce y humano, que, incluso con su insistencia en su maldad no podía ocultar. La noche, como dije, siguió bien.

"Bueno, ya me tengo que ir. Mañana no te vas a acordar de nada." "¡Y ahora?, ¿por qué?" "Porque no. Lo vas a ver como un sueño y listo. Necesitarías algo que te lo recordara." Me explicó que para poder recordarlo había que seguir "un procesito", extraño y ajeno a mi realidad cotidiana, pero me pareció que lo valía, consistía en que ella me tocaría con un dedo y desplegaría una especie de magia magia. Sí, justo donde tenía el ¿hoyo? en la mañana.

Según recuerdo (y según me explicó), así fue como le regalé un pedacito de mi corazón, literalmente. No sé de qué tamaño. Confío en que no haya abusado. Da igual como quiera. También me dijo que la ¿herida? se cerraría en cuanto lo recordara como una realidad. Así pues, tras esa memoria, me levanté la playera y el agujero ya no estaba.

Sólo me queda el recuerdo, porque es improbable que la vuelva a ver.

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lunes, abril 05, 2010

Blackjack

"En caso de empate, la casa gana"

No sé yo si esta regla esté cayendo en desuso. No hace mucho la vi escrita en una página que hoy he buscado sin éxito.

En alguno de tantos días que he pasado ratos solo caminando, decidí entrar a un localito feo que decía "Casino!" con letras de metal con tubos de neón color azul pastel dentro de cada una. La "a" y la "s" no funcionaban y el signo de admiración parpadeaba. No sé si realmente era la intención que el signo parpadeara o si era que no funcionaba del todo. Tras pensarlo un poco, decidí entrar.

El interior era como entrar a un sueño raro o a una mala película de ficheras: los muros eran negros y había neones a todo lo largo de los muros, ya fuera con forma de ruletas, cartas o dados. El lugar era amplio, pero a pesar del espacio, no había muchas opciones de juego: una mesa de dados, una de ruleta y creo que cuatro o cinco para el Blackjack. Alrededor de las mesas de juego se agolpaban varios mirones y, como sería de esperarse, en las de veintiuno jugaban, por mesa, hasta más o menos doce personas. Al fondo había un espacio para bailar las numerosas cumbias que sonaban y un montón de sillas alrededor de la pista, de aquellas de cuero sintético con aluminio que los renteros de sillas cubren con tela de mantel para que no se vean muy feas.

Así, pues, al son de "Bandolero" fui a aperrar lugar en una mesa de blackjack, donde justo iba saliendo un señor de unos cincuenta años cuyo gesto adusto, que bien podía ser sólo de discreción, me invitó a pensar que no le había ido muy bien.

Entre empujones me senté frente al mesón de plástico con un mantel verde sobre el que el croupier repartía las cartas. Los jugadores se confundían un poco con los mirones más cercanos a la mesa. Las sillas destinadas a la mesa no alcanzaban para todos los jugadores (estaban dispuestas cinco sillas por mesa), pero como quiera no eran del todo necesarias pues incluso algunos de los que ocupaban una silla se levantaban de ella para jugar.

En Blackjack, cada jugador juega contra el croupier y sólo contra el croupier. Ver los juegos de los demás es sólo una curiosidad y, la competencia con ellos es sólo una cuestión de orgullo. En sus juegos vi diecisietes, veintes, veintiunos (no blackjack), quinces, veintidoses, etc. Los vi a ellos contentos cuando ganaban y contentos cuando perdían. El croupier no sólo repartía ases, dieces, ..., con las cartas repartía emociones, esas que sólo el juego da. Generoso, el juego nos repartía oportunidad. A todos aquellos que vi sin blackjacks los vi ganar y los vi reirse del vecino que perdía la mano. El juego, justo, nos abofeteaba de vez en vez con manos perdidas. A veces en una mano perdíamos más de lo que habíamos ganado antes, sin embargo es tal la seducción, que seguíamos enganchados y apostando a ganarle al dealer y disfrutando las victorias y derrotas de los demás jugadores.

Cada vez que me aparecía un as en la primera carta, sentía que el juego mismo me veía con a los ojos, con los suyos negros y grandes y me sonreía, sólo para que a la siguiente carta me tocara un cinco o alguna carta baja. En esas ocasiones no quedaba más que reír de la broma que el juego me aventaba. Jugué incontables manos y gané y perdí varias veces. Probablemente haya salido con poco menos de lo que llegué. Empero, de entre todas las manos que jugué, sólo en cuatro tuve blackjack. A eso había ido yo a la mesa: no es lo mismo ganar con cinco u ocho cartas que suman veinte o veintiuno que con un Veintiuno limpio. Sólo con un blackjack se siente realmente una victoria y yo, aunque perdiera en varias partidas, no había ido ahí a perder.

Esas cuatro ocasiones en que tuve BlackJack, las puedo resumir con la regla de arriba. Esas cuatro derrotas fueron más dolorosas que las demás. El juego te ciega hasta que chocas con el muro de la realidad...en caso de empate, la casa gana.

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jueves, febrero 18, 2010

De Frente a la Tempestad

Pues hoy que estoy limpiando esta computadora, me encontré con este texto. sé que en su momento no lo publiqué por la situación. Tiene fecha del 4 de julio de 2009 a las 10 de la noche.

Camina de cara a la tempestad.
No te escondas,
disfrútala, bésala.

No durará para siempre,
podrá ser fuerte y agresiva
pero llegará el día en que escampe,
en que el mar te sonría
y el tiempo haga que las olas se calmen.
Ni una gota más.

Deja de creer por un momento en lo que creías,
en lo que te dijeron,
en lo que te prometiste,
en lo que debía ser
y ríndete ante Ella.

Avanza y dale tu mejor sonrisa,
sonrisa de lucha,
así pues, llegará la bonanza
ya porque la tempestad se calmó
o ya porque la calmaste.

Siéntela. Sus gotas, su frescura,
algo tendrá de buena
y en algo habrá de ayudarte.
No luches contra ella,
pero tampoco dejes que te doble.
Vendrán tiempos mejores.

Hoy 18 de febrero, puedo decir que no me dobló, que por ahora ha escampado. Espero tiempos mejores.

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jueves, junio 05, 2008

Recursos y Regalos

-¿Te arrepientes?
-Na, de pocas cosas me arrepiento. Sólo recuerdo una cosa de la que me arrepiento y tiene que ver con que una prima, que es a toda madre, fue a visitarnos y no le hice caso. Para arrepentirme de algo, además, sería necesario que lo considerara como incorrecto. Esto no lo juzgo incorrecto. Incluso no puedo ni juzgarlo, la única persona que lo puede hacer eres tú. Como muchas cosas, hay un lado de mi cabeza que me ha dicho que quizá no debía hacerlo, pero hay otro, al que generalmente no le hago caso, que en esta ocasión gritó más fuerte y le puse atención y pues me sentí bien, pese a todos los juicios que tú y cualquiera pudieran sacar de la situación. Por otro lado, de arrepentirme, no te hubiera dado nada. Tuve suficiente tiempo para arrepentirme y no dártelo.
-Mierda, ¡cómo hablas mamadas!
-Ja, simón, de cuando en cuando salen. Un amigo de prepa (quizá ahora ya no lo es tanto) me decía que parecía que las tonterías andaban brincando en mi boca queriendo salir y que, cuando la abría, alguna lograba escapar.
-¿y por qué esos gestos raros entonces?
-No sé, los nervios supongo. Generalmente no hago estas cosas. No es que todos los días me despierte y compre y regale madres a gente al azar, para nada. Además que esto enrarece un poco nuestro trato, que ya de por sí es raro, tomando en cuenta el hecho de que existo sólo como un último recurso.
-Na.
-No hay pedo, creo que me es más cómodo vivir con la realidad y que la gente la admita a que la gente siga diciendo una cosa y haciendo otra. Es un regalo nada más, que buscaba que sonrieras y, con ello, sonreiría yo también. Y pues quizá yo no sonreí tan evidentemente, como no sonreí cuando alguna maestra me felicitó por algún logro o acabé de cantar en un escenario, fue una de esas sensaciones que sólo se liberan en ocasiones muy especiales y en algún punto hacen que alguna de mis manos tiemble. En otras ocasiones me tapo la boca, medio sonrío y abro los ojos. Supongo que en esta los nervios eran un poco diferentes.
-Pero, ¿un impulso? Creo que ahí la cagaste.
-Sí, yo también, pero en algún punto lo fue: pararme a comprar algo, ir a buscarlo y regresar en una hora, creo que no se hace de modo premeditado, si lo pienso y lo pienso, simplemente ahí se queda, necesito esa chispa que en algún punto no cualquiera levanta y que permite que esa intención se consume.
-Ah, bien. Nos vemos al rato.
-Ah, simón (“na, no creo, aunque estaría chido. 1. No era la idea generarte compromisos obligados. 2. No va a pasar, como ya dije, si anotamos la gente con quien la pasas bien, probablemente yo esté entre aquellos con quienes no la pasas bien.”)
-Mmmm, esas tus respuestas son de la madre.
-Simón, como que son muy tibias. Son las mismas respuestas que le doy a algunos amigos en ocasiones. Me facilitan la vida. Dudo que en algún punto prefieras respuestas más extremas y que muestren más determinación o carácter, el mío es muy feo y sonriendo puedo sacarte una grosería porque siento que estás burlándote de mí, digo, una grosería sin resentimiento. Si me da risa, simplemente es porque siento que es una burla, es algo que busca que no saques mentiras absurdas y que en su lugar hables con la verdad. La verdad hace más fáciles las cosas. Al menos a mí me las facilitarías, pues con rodeos, lo único que pasa es que como que un día puedo creerte con todas las dudas y todas las probabilidades en contra (hablando de probabilidad histórica) y es feo que esas probabilidades históricas se incrementen. Y mi lado más tozudo y arrogante me diga “como siempre, tuve razón”, y me encanta tenerla, pero en ocasiones preferiría que no fuera así. Con la verdad sería algo contundente: o siempre sería sí o siempre sería no; y pues ya no andaría sacando respuestas tibias que medio busco creerme y que probabilísticamente me dicen que no lo haga.
-¿Qué es eso de recursos?, ¿de dónde sacas tantas tonterías?
-Es que ve, si un día ando sentado en mi casa tendré varias opciones de cosas por hacer, ya sea salirme de paseo, ver televisión, leer, buscar tonterías en Internet, jugar con los golos, bañarme, meterme a la alberca, oír música o lavar platos o planchar ropa. Me atrevo a decir que lo último que haría sería ponerme a planchar ropa. Lo haría si y solo si no existieran las demás cosas y fuera realmente necesario. Como romper la alcancía para sacar el dinero, o ver TVT, Televisión Tabasqueña.
Y perdió México, por cierto: jugaron de la mierda y perdieron como siempre (con Argentina). Sólo hoy maldeciré a Ricardo La Volpe: nos hizo pensar que estábamos cerca de ganarle a Argentina, pero nel, curiosamente cambió el técnico y los celestes le pegaron a la selección con un 3-0 y ahora con un 4-1. Eso no es chido.
-De hecho. Es de la remadre.

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jueves, mayo 22, 2008

¡Mierda!, mi recámara está desordenada

Quizá, sólo quizá, debiste visitar a tu profesor en lugar de sentarte a esperar para darle las llaves a esta gente. Entran a tu casa, hurgan con todas sus manos, abren tus más preciados cajones y desordenan cada uno de estos de modo que pareciera premeditado. Quizá simplemente no se dan cuenta, como los perros que tiran las esferitas de vidrio del árbol de navidad cuando pasan junto a él.

¿Que si he estado en un punto en que creo que mi recámara no puede estar más desordenada? Claro que lo he estado, miles de veces, pero invariablemente puede perder un poco más el orden. Quizá no sean cambios notorios y agregar sólo un calcetín a la cuenta de los que están en el piso no genera mucho más, pero siendo estrictos, sí crea más caos. Quizá, sólo quizá, no debí ponerme a pendejear a esa hora y debí irme cuando pretendí, en lugar de distraerme con naderías: al final eso hizo que los tiempos convergieran. Sí, y cuando me fui, regresaron y tiraron no sólo uno, sino dos calcetines más al piso, o tres, o cuatro, o infinitos. No los conté y sigo sin hacerlo y siguen ahí, y me siguen mirando esperando que los cuente, y sigo ignorándolos pretendiendo que no están ahí. Días hay en que me despierto y son menos, días hay en que me despierto y son más. Me tapo un costado de la cara y ya no están, pero sé que están, y los siento como un chicle pegado en mi nuca, que repiquetea de cuando en cuando y no parece querer detenerse.

¿Y estás bien? Estoy bien, de buen humor*, contento*, que no es lo mismo que estar de buen humor o contento. Como si tuviera un pendiente y no lo tengo, o lo tengo y no lo tengo, o lo tengo porque pretendo tenerlo y ahí está en mi nuca, repiquetea. No, no es en la nuca, es por la nuca, un poco hacia la derecha, ahí, ahí, justo a la derecha de la convergencia entre músculo derecho del cuello y el cráneo. No está ahí, pero me gusta pensar que es ahí, así es más fácil señalarlo, como las imágenes sacras. Tener una representación a fin de que no sea algo abstracto.

Se acaba el tiempo y no ordeno mi recámara. Flamingos siempre ayuda a ordenar mi recámara. Quizá no debí prestar mis llaves y mantener el hermetismo de mi habitación.

¿Realmente es tan malo el desorden?

(mi hogar está más limpio de lo que ha estado en mucho, por cierto).

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lunes, marzo 31, 2008

Mateo 16: 13-18

Llegando a la región Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿qué dice la banda de mí?” y ellos contestaron “unos dicen que eres Juan el bautista, otros que eres la neta, otros preguntan por masiosare, otros nos cerraron la puerta cuando les preguntamos”.
“Y ustedes”, les preguntó, “¿quién dicen que soy?”
Tomando Simón la palabra, dijo: “Eres la neta. El hijo de Dios vivo, que nos invita a comer de a grapa.”
Y Jesús le dijo: “Simón, así es, hijo de Jonás. Feliz de ti, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, ni fuji, sino mi padre que está en el cielo.”
Y yo te digo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia. Y para ello, te pido que recuerdes los números 6, 27, 8, 39, 14, 25 y 11, el extra que te darán el premio gordo del melate del inicio de la semana de pascua, día en que habrá premio mayor, porque para iniciar una religión hay que tener varo.”

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lunes, abril 23, 2007

Diálogo de gustos

Me gustas. ¿Yo? Sí, y desde hace ya algún tiempo. ¿Cómo?, ¿por qué? Mmmmm no sé, quizá mala suerte (risas); digamos que comencé a mirarte con otros ojos un día que trajiste una minifalda morada a la escuela; digo, al final soy humano, ¿no? ¿Mala suerte? Claro, mala suerte, con buena suerte no tendría esta piedra en el zapato: no me gustarías. (Risas) Piedra en el zapato, qué pesimista. No es "pesimistismo" (mueca para indicar que es broma) las personas suelen cambiar cuando conocen cosas como ésta. Naaaaaaaa. En prepa yo tuve una compañera, de repente supe que le gustaba, no supe qué hacer; mmm creo que ni a mi hermana le conté esto, la neta siento que me pasé de culero; ella, la chica, me dijo un día, 'oye, quiero hablar contigo', yo apelé a que ese día salía temprano, y bueno, era cierto, salía a las 7:40, y ella me dijo 'ni modo, si te veo hablaremos', más ojete aún, en cuanto salí, me fui: 'no fuera a ser que ella se fugara y me la encontrara', yo no quería hablar de 'eso' con ella, no me llamaba la atención, no me caía mal, pero pos no, no estaba en planes; las veces que platiqué con ella tuve la cautela de no insinuarle algo que pudiera hacerla pensar lo contrario; me parece cruel cuando la gente hace eso, pueden ilusionar a esa persona; maldito enamoramiento. Eres una caca. Sí, me pasé de lanza, ahorita me da risa, pero es algo que no suelo contar, una de taaantas cosas. Yo no he insinuado nada. No, ya lo sé, por eso se hace todo complicado, si uno escupe en la mesa es de mala educación. ¿Eso qué diablos tiene que ver? Piénsalo, quizá cuando crezcas le entiendas (risas). Pendejo. Espera, (serio) debo ir al baño. Ja (risas), qué chistoso. ¿Qué chistoso qué?, no entiendo qué ves chistoso. Una manera muy propia de decir lo del baño, no sé. Pues es cierto, debo ir al baño, supongo que no entenderé el por qué de la risa. ¿Todo bien? Excelente, pues te decía, ¿cómo ves?, ahora sí que tan francamente mal como Bastian era francamente gordo, ¿no?, algo complicaado (sí, doble 'a' para emular el énfasis) todo esto. ¿Qué diablos es eso? Nada, algo que vi por ahí; un día decidí que ya no diría 'leí en algún lado', mucha gente lo puede interpretar como petulante, ahora he de decir 'vi en algún lado', no necesariamente en la televisión, no tengo televisión, creo que lo único malo es que no puedo ver algunos partidos de fútbol que me gustaría ver; sí, fútbol, antes le decía futbol, ahora es como complicado, como que me siento incómodo al decirlo de cualquiera de las dos maneras: fútbol porque aquí México es futbol, futbol porque creo que alguna vez lo busqué en el diccionario y aparecía como fútbol, hace poco lo busqué de nuevo y ya se acepta cualquiera de las dos, quizá ahora sea algo así como indecisión; pues es que digamos que cumples con atributos adecuados, entre ellos el más importante: me das risa. Saaa, ¿tu payasa? (podría haber usado 'ay mojo tu payasa', quizá se vería más tabasqueño, le daría 'sabor') Ay mojo tu payasa. No, no, como le decía un día al Durazno: no es que una chica deba doblarme de la risa, digo, sí lo has hecho, sino que si en algún momento decae una plática, ella pueda sacar una 'aventura' curiosa, de esas que no le pasan a cualquiera cualquier día, no sé caerse de boca, contar un chiste, pelearse con alguien o sacar algo 'trágico' como respuesta a una petición de un chiste; creo que la última me da risa por eso mismo de ser un ojete; en fin, nos vemos al ratón. Sale, te cuidas.

(texto, tenía ganas de escribir, lo de la chica a la que le huí es cierto, creo que estaba perdidamente enamorada de mí; en primer semestre de prepa mi horario era maravilloso).
(antes de la crítica por la falta de '.', es porque la idea es que por cada punto cambia la persona)

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jueves, diciembre 21, 2006

Hoy se me ha ocurrido la siguiente frase en esos lapsos de ociosidad mental:

He recogido caca, he pisado caca, he olido caca, he visto caca, he tirado caca, he fabricado caca, he jugado caca, he pateado caca, he oído caca, he enterrado caca, confundido caca con algún otro objeto, he confundido objetos con caca, he limpiado caca de mis zapatos, he bombeado caca ajena, he brincado caca, tocado caca, he batido caca en el piso, he manchado pisos con caca de mis zapatos, he oído a la caca caer, he mojado caca, he destruído caca. Creo que ahora puedo morir más tranquilo. Ja.

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domingo, agosto 13, 2006

Oportunidad

Entró el ciudadano a una habitación para laborar, bajo la promesa de no demorar mucho. Afuera la fiesta seguiría, pero era un compromiso el que aquél se había hecho. Entró y comenzó sus labores. Poco después entró ella. ¿Qué la habría movido? Él nunca lo supo; probablemente ella tampoco.
Era un hecho que el ciudadano sentía atracción por ella y que aquella era la ocasión casi perfecta y que probablemente jamás se repetiría. Ahora se encontraba un poco distraído y nervioso; quizá tardaría más de lo prometido. ¿Un beso? No era posible, incluso con todas las ganas que el ciudadano sentía, motivadas por la atracción hacia la chica. Se sentía tentado. No supo si esquivaba la tentación por fidelidad, por lealtad o para que no fuera a ser tomado como un idiota. Tardó un poco más en realizar sus labores que en una situación normal, debido a los nervios, sin embargo acabó y salieron ambos del estudio. Él se sintió aliviado por un lado y quizá melancólico por otro: quizá nunca volvería a tener una oportunidad igual. La celebración siguió. A los pocos días el ciudadano desapareció sin dejar rastro.

notas:

Originalmente desaparecía la chica, mas sería algo soso y esperado a mi gusto. El hecho de que sea el ciudadano quien desaparece siento que provoca cierto desorden. Desaparece por lo que usted quiera, el destino lo ha movido del lugar simplemente. Agregar la razón encasillaría (originalmente pensé ponerla, pero cerraba la historia, guerra civil, se enlistó en el ejército; cualquier cosa hacía que la historia perdiera algo).

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jueves, marzo 09, 2006

Quimera

Sentados en una banca del parque vieron a una chica pasar frente a ellos. La siguieron con la vista.

- Es cierto que es guapa, o atractiva, pero no es tal su atractivo físico para la cantidad de pretendientes en su haber.
- No, sí es muy atractiva.
- Bueno, sí, pero insisto en lo anterior. ¿Seis o siete pretendientes? y súmale los potenciales (pretendientes) en los que hasta podría, sin problemas, incluirme yo... o hasta tú.
- Puede que tengas razón, debe ser porque además es carismática.
- Concuerdo S.
- ¿Y por qué no intentas algo y dejas de ser potencial pretendiente?
- Creo que las razones son obvias (sonrisa).
- Tienes razón F.
Y, acercando S a su boca, sus amarillentas yemas, tomó la última bocanada de su cigarro y, acto seguido, lo aventó, con un impulso del dedo cordial (apoyado en el pulgar), hacia lejos de sí. En el parque, donde ahora sólo ellos dos se encontraban.
- ¿Qué, nos vamos?
-Vámonos pues. -Concluyó.
Y entonces se diluyeron en el aire repentinamente.

(Martes, no tenía ganas de estudiar métodos numéricos. Estudié el miércoles)

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